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FIESTAS GENEALOGÍCAS EN SANTALAVILLA

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Santalavilla

En lo abrupto de las estribaciones de los Montes Aquilianos, pero tan solo a 605 m de altitud, se guarda de los fríos el pueblo de Santalavilla en una atalaya donde una fuente regala el don del agua y donde se aprieta una arquitectura entre robustos castaños que todavía dejan ver los “llousados” pizarrosos de las cubiertas y el vuelo de sus corredores. Más de una de estas casas albergaron pequeños telares que las gentes en un tiempo pasado utilizaron para tejer paños.

Su nombre puede que esté relacionado con el significado “soto” o “sotos del río”, habida cuenta que por el núcleo pasa el arroyo de la Guiana y que la localidad se encuentra en una terraza de la margen izquierda del cauce del Cabrera.

El acceso obliga a subir por una carretera que discurre en alguno de sus tramos al pie de unos elevados taludes, en cuyas paredes aún se conservan antiguas cuevas excavadas para guardar vino y cosechas. Es, junto al de Castroquilame, el único caso con este tipo de construcción en La Cabrera.

Por encima del pueblo se halla el alcornocal de La Prana y, en dirección a Prombiego, el de La Corona, que resultan ser los más noroccidentales de la provincia.

Lo apartado del lugar, su silencio y armonía con la naturaleza, debieron ser razones suficientes para que en tiempos de San Genadio (siglo X) hubiese allí un monasterio, del que no quedan vestigios. Permanece como templo sagrado la iglesia de San Pelayo, patrón del pueblo, cuya fiesta es el 27 de junio. El edificio, remozado, es de una nave, con capilla mayor cuadrada y espadaña.

Para visitar rincones del entorno, la cascada de los Lagares es un buen destino, como también la ruta Santalavilla-Pico de la Guiana, un vértice de 1.850 m de altitud.